• EUGENIA TENENBAUM

Santa Bárbara

Hemos pensado que qué mejor forma de inaugurar este acercamiento a la Historia del Arte que presentándoos la historia de Santa Bárbara, una mujer cuya figura e historia dan nombre a esta marca y a la que, además, también podemos acercarnos poniéndonos las gafas de la perspectiva de género, esas que nos ayudan a contemplar la historia del arte sin el sesgo de la mirada masculina y que nos permiten, al mismo tiempo, situar como protagonistas a las mujeres, tanto aparezcan entre los límites de las propias obras como si se sitúan detrás de ellas, siendo creadoras de diversas narraciones.

En este caso, os aproximaremos a la historia de Santa Bárbara y os ayudaremos a identificar los atributos iconográficos (esto es: elementos que acompañan al personaje y que nos ayudan a reconocerlo incluso cuando no contamos con información adicional sobre la obra ante la que nos encontramos) con los que suele ser representada.


Así pues, ¿quién fue Santa Bárbara de Nicomedia?

Algunas fuentes la sitúan en la península de Anatolia en el siglo II, otras en cambio en Egipto en el siglo III, pero si en algo estamos de acuerdo es en que se trata de un personaje pagano que quería profesar la fe cristiana antes de que esta religión fuese legalizada y oficializada por parte del Imperio Romano, así que se inscribe cronológicamente en la conocida como época de las persecuciones.

Como ocurre con la mayoría de figuras santas, las evidencias de su existencia son difíciles de rastrear, sobre todo teniendo en cuenta que a lo largo de la Edad Media y también la Edad Moderna, el culto a las reliquias propiciaba la peregrinación a determinados lugares santos y, con ella, también un flujo económico que potenció la aparición de reliquias falsas o de dudosa procedencia. Sea o no cierta la existencia de Santa Bárbara, tanto su vida como su muerte pueden analizarse utilizando la perspectiva de género.


¿Por qué es mártir?

Más allá de ser mujer en los siglos II-III (lo cual, creedme, bastante martirio era de por sí) el pecado de Santa Bárbara fue contradecir los designios que su padre (que se llamaba Dióscoro) tenía para ella, es decir, ser esposa y luego madre. A nuestra Bárbara esto la emocionaba entre poco y nada, así que le dijo a Dióscoro “oye, no te flipes, que mi único marido es Dios y que quiero bautizarme para poder ser cristiana”. Dióscoro, nada contento ante la capacidad de su hija de tomar decisiones por sí misma, debió pensar: “¿Ah, sí? Pues prepárate” y mandó construir una torre donde encerrarla: así, Bárbara no sólo estaría aislada del mundo, sino también de la nueva religión.

Es normal que a estas alturas ya estéis dudando si estamos hablando de Santa Bárbara o de Rapunzel, pero no: seguimos hablando de Santa Bárbara.

Eventualmente, Dióscoro (que además de un gran misógino era también un alto cargo político) tuvo que abandonar la torre en la que convivía con su hija como alma llevada por el coronavirus. Nuestra amiga Bárbara, que ya sabemos que contaba con un gran carácter y determinación, aprovechó que su padre iba a ausentarse para decirle: “Mira, padre, que desde que me encerraste aquí no he podido ni lavarme y esto huele ya que tira para atrás, ¿por qué no tienes la decencia de construirme un cuarto de baño en el que pueda asearme? Porque a este paso, así no me aguanta ni Dios, ni el pretendiente que tienes preparado para mí, ni yo misma” y su padre, por primera vez, le hizo caso.

Si Bárbara utilizó finalmente el aseo para mejorar su higiene no lo sabemos, pero sí sabemos que lo utilizó para colar a un cura en la torre y que éste la bautize. En castellano a esto se le llama “¡persigue tus sueños, Bárbara!”; pero claro, todo sueño tiene su doble cara de la moneda.

Cuando Dióscoro regresó a la torre después de pasarse un tiempo haciendo machistadas con los hombres de su época y se encontró con que había dejado encerrada a una hija pagana y de vuelta se había encontrado con una hija cristiana, como todo padre que es incapaz de respetar las decisiones de su prole, entró en cólera al estilo de la tardoantigüedad, esto es: intentando asesinar a su hija con la espada. Un primor de padre, vaya. Pero no os preocupéis, porque nuestra amiga Bárbara (que ya hemos visto que no sólo era cristiana, sino también muy resulta) consigue escapar y se esconde durante un tiempo, hasta que es descubierta por un pastor y llevada a juicio (imagínate ser llevada a juicio por simplemente hacer lo que te sale del chumino, pero no por intentar asesinar a tu propia hija). La cosa, a partir de este momento, no pinta nada bien para Bárbara.

De hecho, es martirizada públicamente y, por si fuese poco, se ordena su asesinato. Dióscoro, a quien se le enciende la bombilla por primera vez en todo el relato, dice: “¡NO LE CORTÉIS LA CABEZA A MI HIJA!... Dejad que lo haga yo”. Mal, Dióscoro, mal. Esto en castellano significa “quien la sigue, la consigue”, porque ya hemos visto que la obsesión de Dióscoro con las espadas y con su hija muy normal desde luego que no era.

Y ahora puede que os preguntéis: ¿y por qué a Santa Bárbara se la conoce e invoca como patrona del rayo? Porque Dios, que debía estar echando la siesta mientras nuestra protagonista era martirizada, al despertar y ver que estaba llamando a las puertas del cielo, envió un rayo sobre Dióscoro que lo fulminó al instante, vengando el asesinato de Santa Bárbara que, básicamente 1. Sólo quería profesar su fe al cristianismo. 2. Sólo quería decidir con quién casarse, y en este sentido ella quería casarse con Dios 3. Sólo quería escapar de su confinamiento 4 . Fue una mujer que hizo en todo momento lo que le salió de los ovarios, como tiene que ser.


Ahora que conocéis su historia, seguramente en las siguientes obras seáis capaces de encontrar algunos elementos que la condensan:

En esta obra de Goya, Santa Bárbara aparece vestida con ropajes nobles, presenta una corona que alude precisamente a su linaje, sujeta en una mano la palma del martirio y, en un segundo plano, aparece su homicidio delante de la torre en la que previamente había sido enclaustrada. Esta torre, además, suele presentar tres ventanas en alusión a la Trinidad (Padre / Hijo / Espíritu Santo).


En esta estampa vemos, de nuevo, a la mártir coronada, sujetando el cáliz que simboliza su conversión al cristianismo, vestida con capa de noble, enseñando la espada con la que fue decapitada y, tras ella, el atributo de la torre a la derecha (sobre la que parte un rato) y, a la izquierda, un cañón: ya que también es patrona de artilleros, cañoneros, mineros y bomberos.

Esta estampa es, por tanto, un buenísimo ejemplo de todos los atributos iconográficos con los que se puede acompañar a la santa para favorecer su identificación.


Y por último, en esta obra de Robert Campin, vemos a Santa Bárbara en el interior de su torre (con una doble simbología ya que, por la ventana, se divisa otra en el horizonte) leyendo las sagradas escrituras, la chimenea con el fuego encendido (alusión al fuego del rayo y, por tanto, a la muerte de su padre) y, sobre ella, una figura que simboliza la Trinidad al presentar, de nuevo, una imagen de Dios Padre / Jesucristos / El Espíritu Santo en forma de paloma.

Ahora que ya sabéis su historia, espero que la veáis no sólo como una santa mártir, sino también como una mujer que hizo lo que consideraba correcto, luchando por ello hasta el final de sus días, sin permitir que ningún hombre o imposición social la detuviese. Y esto es, al fin y al cabo, lo que deseamos a todas las personas que lleven cualquier joya de esta marca.




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