• EUGENIA TENENBAUM

Mujeres y serpientes: una historia de pecado.

Este mes analizaremos cuáles han sido las analogías que se han establecido entre las serpientes y las mujeres en la Historia del Arte a través de varios ejemplos. ¿Por qué varios y no uno? Muy sencillo: porque la asimilación de ambos conceptos (mujer y serpiente) se estableció como un tipo iconográfico fácilmente identificable que aparece en numerosos soportes: no sólo pintura, sino también escultura y, en muchos casos, también en decoración escultórica en arquitectura (sobre todo, pórticos de iglesias medievales). De este modo, visto un ejemplo podríamos decir que, más o menos y salvando los matices, ya los hemos visto todos, aunque en este caso nos centraremos en las representaciones pictóricas.


Lilith

Así, encontramos en el Libro del Génesis una de las bases de la misoginia judeo-cristiana. No deja de ser curioso que "Jesucristo muriese en la cruz para librar del pecado a la humanidad", y que este hecho sólo librase de él a los hombres: las mujeres seguimos siendo juzgadas, seguimos arrastrando el pecado de Eva y seguimos, desde la óptica cristiana, siendo responsables de haber mordido la manzana. De este modo, las escrituras sagradas judeo-cristianas (el Antiguo Testamento, compartido por ambas religiones) promueven una lectura negativa de la curiosidad femenina y, al mismo tiempo, invisibilizan la rebeldía femenina, al no incluir la figura de Lilith en la lectura del Libro de Génesis.

Lilith fue la primera mujer de Adán y, a diferencia de Eva, no fue creada a partir de la costilla del hombre, sino de manera totalmente autónoma. Pese a que de Lilith no hablaremos en este artículo, sí considero necesario hacer este apunte ya que, en muchos casos (como en la obra Stanhope) el hecho de que la serpiente aparezca con cabeza de mujer no es simplemente un guiño misógino: también es una remisión a la figura de Lilith, vinculada a Eva, y ejemplificadas ambas no sólo como la perdición de Adán, sino también como la perdición de la humanidad. Misoginia al cuadrado, vaya. Además, más allá de los múltiples simbolismos asociados a la figura de la serpiente (diferentes dependiendo de la cultura en la que se inscriba este animal) cabe destacar que, desde la iconografía cristiana, la serpiente posee un componente marcadamente negativo: al arrastrarse por suelo y superficies, se liga a lo terrenal. Esto la contrapone a lo celestial (y, por tanto, a lo divino) por lo que la asociación de mujer con cuerpo de serpiente encierra en sí misma una doble negatividad.

A continuación, os dejo otras dos obras que representan la escena de la Tentación de una manera semejante y que pertenecen a cronologías diversas:


 "La caída del hombre" en el Díptico de Viena, por Hugo van der Goes (1467-1468) | Tentación de Adán y Eva por Raphael Sanzio
  • Tabla de "La caída del hombre" en el Díptico de Viena, por Hugo van der Goes (1467-1468) | Tentación de Adán y Eva por Raphael Sanzio (1508)

La diferencia más marcada entre el primer ejemplo (Stanhope) y los dos siguientes (Van der Goes y Raphael) es la cantidad de personajes que aparecen en la escena. En el primer caso, la protagonista es Eva y la serpiente; en los dos siguientes, aparece incluido Adán. Si nos fijamos, su figura se aleja levemente de la acción protagonista, manteniéndose bien al margen de lo que acontece (Van der Goes) o bien interactuando con Eva en un intento de alejarla de la tentación (Raphael). En cualquiera de los dos tipos de representación de una misma escena, la responsabilidad del pecado, a nivel simbólico, recae siempre en Eva: es ella quien es seducida por la serpiente, es ella quien hace caso omiso a las distracciones de Adán.

Esto es importante, ya que en el siglo XIX se desarrollará todo un aparato ideológico y artístico de base misógina que intentará culpabilizar (de nuevo) a la mujer de los males del hombre, tal y como había hecho el Libro del Génesis con Eva. Por ello, la representación de Stanhope se inserta en un contexto en el cual los movimientos feministas a favor del sufragio de la mujer ya habían surgido, y la creación de la "Nueva Mujer" estaba sembrando el pánico en la población masculina, cuyos privilegios estaban siendo puestos en tela de juicio directamente.

Sabiendo esto, quizás ya no nos sorprenda que en el siglo XIX se recupere un tipo iconográfico ya abarcado en la Edad Media y en el Renacimiento: la mujer como pecadora y la mujer como tentadora. La misoginia se reinventa continuamente, utilizando no sólo el aparato ideológico para reproducirse, también el aparato artístico. Por ello, nunca me canso de hacer hincapié en que el arte no sólo tiene valor estético: a través de él podemos acercarnos a la representatividad de la mujer y conquistar desde el terreno de lo simbólico los mecanismos y herramientas que, a lo largo de los siglos, han servido para representarnos bien como putas, bien como santas, en una dicotomía eterna que, en muchos casos, hemos asimilado como propia e inherente, cuando en realidad es construida y aprehendida.

El arte, al fin y al cabo, no sólo estuvo al servicio del poder: también lo estuvo al servicio de la ideología. Por eso, si queremos saber cuál era la situación de las mujeres en el pasado, podemos recurrir a la literatura y a la cultura material escrita, pero también a la cultura material plástica.